Un día interminable, largas horas paseando de la mano, parecía haberse detenido el tiempo, todavía recuerdo esas vueltas por el centro, caminando juntos, riendo entre el bullicio de la gente.

Todo parecía un sueño, pero tenía que despertar, mi madre me llamaba porque desde que salí de la Universidad no había vuelto a casa, le escribí diciendo que me quedaba en casa de una amiga,  que llegaría más tarde.

Mi enamorado me agarró las manos, y me dijo con la mirada fija, que teníamos que hablar, que no podíamos seguir escondiendonos, teníamos que ser felices.

Yo sabía que había que tomar una determinación, tenía que escoger el camino de la felicidad, aunque me cueste un gran sacrificio, tenía que pensar en mí, he intentado olvidar nuestra historia, pero no fuí capaz, así que, decidí darme una oportunidad.

Ese día llegué a casa, mi madre parecía no sospechar nada, entré en mi habitación y suspiré. Mi corazón latía tan fuerte que podía oírlo en mitad del silencio, cada vez más acelerado, sabía que era el día, que tenía que escapar, que no habría vuelta atrás.

Bajé a cenar para no levantar sospechas en mi familia, todo discurrió con normalidad, pero por dentro de mí, tenía una sensación que me ahogaba, indescriptible.

¿En qué momento pasas a sacrificar todo el amor de tu familia, por una persona que apenas conoces?, era algo que pensé que jamás me pasaría, pero sí, me pasó, y estaba dispuesta a todo por ello.

Ese día me despedí de mis padres con un fuerte abrazo, antes de ir a dormir, necesitaba hacerlo. 

Entré en mi habitación, y me tumbé en la cama, esperando a que todos durmieran, entretanto recordaba mis momentos junto a mis padres y empezaron a caerme unas suaves lágrimas.

Me levanté, me vestí, preparé mi maleta, bajé sigilosamente las escaleras, y desaparecí entre la niebla de la noche, cambiando un capítulo en mi vida.